Los datos son elocuentes: los centros de datos globalmente consumen entre el 1.5% y el 2% de la electricidad mundial, una cifra que podría duplicarse para 2030. Más alarmante aún es su huella hídrica. Un solo centro de datos puede requerir hasta 19 millones de litros de agua al día, equivalente al consumo de una ciudad de 50,000 habitantes. Y la IA no hace sino exacerbar este problema: una simple conversación de 100 palabras con un chatbot puede implicar el uso de 500 mililitros de agua para el enfriamiento de los sistemas subyacentes. Se estima que el consumo global de agua por data centers alcanzará 1.2 billones de litros para 2030. Además, un estudio en Environmental Science & Technology revela que el 25% de los centros de datos se ubican en áreas ya sometidas a estrés hídrico, una cifra que se proyecta aumentará a un tercio en la próxima década si las tendencias actuales y el cambio climático persisten. Esta es una noticia que resuena profundamente en una región como América Latina, donde la escasez de agua ya es una realidad acuciante en muchas zonas.
Cómo funciona el consumo hídrico de los centros de datos
El mecanismo principal detrás de la “sed” de los centros de datos reside en la necesidad crítica de enfriar miles de servidores que operan 24/7. Estos servidores generan una enorme cantidad de calor, y para evitar el sobrecalentamiento —que podría provocar fallos catastróficos— se utilizan sofisticados sistemas de refrigeración. Los métodos más comunes y eficientes para disipar este calor, especialmente en centros de datos a gran escala (hyperscale), implican el uso intensivo de agua.
El proceso más habitual es el enfriamiento evaporativo, donde el agua se utiliza para absorber el calor de los equipos y luego se evapora, liberando ese calor a la atmósfera. Si bien es un método efectivo para mantener la temperatura óptima de los servidores, consume grandes volúmenes de agua que no son recirculados, ya que se pierden en forma de vapor. Otros sistemas de enfriamiento líquido más avanzados y cerrados prometen reducir el consumo, pero su implementación aún no es masiva.
Más allá del consumo directo, los centros de datos también contribuyen a un fenómeno conocido como “islas de calor”. Estas instalaciones pueden elevar la temperatura del terreno circundante hasta en 16 grados Celsius, afectando la biodiversidad local y aumentando la demanda de aire acondicionado en las áreas adyacentes, lo que a su vez incrementa la carga eléctrica y, potencialmente, el consumo de agua en las plantas generadoras. Según Lorenzo Rosa, científico ambiental de la Carnegie Institution for Science, estos centros “no están aterrizando en paisajes vacíos” sino “encima del suministro de agua de ciudades y granjas”, exacerbando las tensiones en regiones ya vulnerables.
Qué cambia para los profesionales tech frente a la crisis hídrica
Para los profesionales del sector tecnológico en América Latina, la creciente conciencia sobre la huella hídrica y energética de la infraestructura digital implica un cambio de paradigma significativo. Ya no es suficiente con diseñar soluciones eficientes en código o escalables en la nube; la responsabilidad ahora se extiende a la sostenibilidad ambiental del hardware y las infraestructuras físicas que soportan sus operaciones.
En primer lugar, los arquitectos de soluciones, ingenieros de infraestructura y gestores de TI deben incorporar la eficiencia hídrica como una métrica clave en la selección y el diseño de sus plataformas. Esto significa considerar proveedores de servicios en la nube que demuestren un compromiso claro con la sostenibilidad, o la implementación de tecnologías de enfriamiento más avanzadas y de bajo consumo de agua en centros de datos propios. La transparencia en el uso de recursos, como la que se espera en Querétaro, México —donde a partir de 2027 se publicarán datos de consumo de agua de data centers—, será fundamental para una toma de decisiones informada.
En segundo lugar, la presión social y regulatoria está aumentando. La CIDH ha instado a los Estados a adoptar marcos regulatorios con un enfoque de derechos humanos y sostenibilidad ambiental, lo que podría traducirse en nuevas normativas para la industria tecnológica. Profesionales con conocimientos en sostenibilidad y desarrollo de infraestructura verde tendrán una ventaja competitiva. Soledad Vogliano, investigadora argentina del grupo ETC, calificó de “brutal” la proyección de construir alrededor de 800 nuevos centros de datos gigantescos para 2030, una visión que exige una respuesta proactiva por parte de la comunidad tecnológica.
Finalmente, la integración de principios de economía circular y el ciclo de vida completo de los recursos, desde la fabricación de chips hasta la disposición de equipos, se vuelve imperativa. Fomentar la investigación y el desarrollo de tecnologías de enfriamiento innovadoras que reduzcan el consumo de agua, como el enfriamiento por inmersión o el uso de aire exterior libre, será un campo de crecimiento y especialización para los ingenieros. El compromiso con la sostenibilidad ya no es un “plus”, sino un requisito fundamental para una carrera relevante en el sector tech del futuro.
Qué viene después en la regulación y sostenibilidad
El camino hacia una infraestructura digital más sostenible y equitativa en términos de uso de recursos es complejo, pero ya se observan movimientos importantes tanto desde la esfera regulatoria como desde la sociedad civil. En América Latina, la urgencia es palpable.
A nivel regulatorio, la situación es variada. Mientras Argentina carece de regulaciones específicas para mega data centers, basándose en un Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), Chile está avanzando con un Plan Nacional de Data Centers 2024-2030, que podría sentar un precedente importante en la región. México, particularmente Querétaro, el polo de data centers del país, ha prometido una mayor transparencia al publicar datos de consumo hídrico a partir de 2027. Estas iniciativas, aunque incipientes, muestran una dirección hacia una mayor fiscalización y rendición de cuentas. Sin embargo, el llamado de la CIDH a los Estados para adoptar marcos regulatorios con un enfoque de derechos humanos y sostenibilidad ambiental es un recordatorio constante de que aún queda mucho por hacer para asegurar que el crecimiento tecnológico no vulnere los derechos fundamentales de las comunidades.
La resistencia comunitaria es, y seguirá siendo, un factor crucial. En Ceará, Brasil, comunidades indígenas están activamente resistiendo la instalación de un data center con vínculos a TikTok, defendiendo su territorio y sus recursos hídricos. En Chile, organizaciones como MOSACAT y Resistencia Socioambiental Quilicura han logrado bloquear proyectos, como el de Google en Cerrillos, citando preocupaciones por el consumo de agua y el impacto en humedales vitales. Daniel Pena, investigador de la Universidad de la República (Uruguay), expresó preocupación por cómo los planes de Google podrían amenazar el derecho constitucional al agua potable, ilustrando la dimensión del desafío. Estas movilizaciones son un claro indicio de que la licencia social para operar ya no puede darse por sentada para las grandes tecnológicas.
Hacia el futuro, es previsible que la presión sobre las empresas para que demuestren su sostenibilidad aumente. Esto incluirá no solo la optimización de sus propias operaciones, sino también la inversión en soluciones innovadoras que reduzcan la huella hídrica y energética. La adopción de energías renovables para alimentar los centros de datos es un paso, pero el problema del agua requiere soluciones específicas. Se espera un impulso en la investigación de sistemas de enfriamiento de circuito cerrado, tecnologías de refrigeración líquida más eficientes y la reubicación estratégica de centros de datos en regiones con abundancia de agua o climas más fríos, aunque esta última opción puede tener sus propias complejidades logísticas y de latencia. La conversación sobre la sostenibilidad digital no es solo técnica, sino profundamente social y política, y su evolución definirá el futuro de nuestra relación con la tecnología y el planeta.