Frente a este escenario, Brasil, una de las naciones más afectadas, ha comenzado a movilizar recursos científicos y gubernamentales. Un proyecto pionero, apoyado por la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo (FAPESP), está mapeando exhaustivamente los territorios más vulnerables para ofrecer orientación estratégica a los gestores urbanos. Esta iniciativa busca catalizar la adaptación de los entornos urbanos, una tarea que se ha vuelto crítica tras las dolorosas lecciones de los últimos años. Lo que está en juego no es solo la infraestructura, sino la seguridad alimentaria, la estabilidad económica y la vida de millones de personas en una región ya de por sí altamente vulnerable al cambio climático.
La escalada del fenómeno: Impactos de El Niño vs. la respuesta de adaptación urbana
La reciente manifestación de El Niño durante 2023 y 2024 ya ha dejado una huella profunda en Brasil, sirviendo como un claro preámbulo de lo que podría venir. La investigación adicional de TECKNOW.NEWS detalla un escenario de extremos sin precedentes, que ha puesto a prueba la resiliencia del país y sus vecinos.
Por un lado, las sequías históricas y olas de calor han azotado con particular virulencia la Amazonía brasileña. En 2023 y 2024, la región experimentó la peor sequía de la que se tiene registro. La superficie de agua disminuyó un 12% respecto a su promedio histórico (1985-2025), las temperaturas máximas se elevaron 2.6 °C por encima de lo normal y las precipitaciones fueron un 27% inferiores. Este déficit hídrico no solo impactó los ecosistemas, sino que también generó interrupciones críticas en la navegación fluvial, una arteria vital para el comercio y la logística de la Zona Franca de Manaos, con pérdidas estimadas en US$274 millones solo en 2023. Simultáneamente, el Sur y partes del Centro-Oeste y Sudeste brasileño sufrieron una sequía prolongada entre finales de 2022 y el primer trimestre de 2023, resultando en pérdidas agrícolas que ascendieron a unos US$15.3 mil millones. El Norte y Nordeste, históricamente más áridos, también se vieron afectados por menos lluvias y temperaturas más elevadas.
En contraste, el Sur de Brasil experimentó el extremo opuesto: lluvias e inundaciones intensas. El estado de Rio Grande do Sul fue testigo de inundaciones históricas en mayo de 2024, un evento de magnitud catastrófica que afectó a aproximadamente el 96% de sus municipios y a 2.4 millones de personas. Según los análisis, las precipitaciones exacerbadas fueron entre un 3% y un 10% más intensas de lo esperado, elevando de dos a cinco veces la probabilidad de ocurrencia de estos eventos extremos. Esta dicotomía de extremos climáticos subraya la complejidad del desafío que El Niño plantea.
Frente a estos embates, Brasil ha comenzado a articular una respuesta de adaptación urbana que busca mitigar futuros impactos. El gobierno federal ha aprobado el Programa Ciudades Verdes Resilientes, una iniciativa ambiciosa diseñada para fortalecer la planificación urbana sostenible y la resiliencia climática a nivel nacional. Paralelamente, el programa Mutirão Brasil, con el respaldo de C40 Cities y el Pacto Global de Alcaldes por el Clima y la Energía (GCoM), está prestando asistencia crucial a 11 ciudades amazónicas para desarrollar sus capacidades de planificación climática. La FAPESP, la institución que apoya el proyecto de mapeo mencionado en la fuente original, ha lanzado la convocatoria "Centros Urbanos 2025", destinando hasta R$ 20 millones (aproximadamente US$ 3.7 millones) para financiar proyectos interdisciplinarios enfocados en la mitigación y adaptación climática en entornos urbanos. Estos esfuerzos buscan no solo mapear las vulnerabilidades, sino también implementar soluciones concretas que permitan a las comunidades anticipar, resistir y recuperarse de los impactos de eventos climáticos extremos. La colaboración entre la academia, el gobierno y organismos internacionales es fundamental para construir una defensa robusta contra la furia de un clima cambiante.
Los datos hablan: Proyecciones, costos y vulnerabilidad regional
Las advertencias sobre la intensificación de El Niño no son meras conjeturas, sino que están respaldadas por sólidos datos y proyecciones de las principales organizaciones meteorológicas mundiales. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) estima un 80% de probabilidades de que El Niño se consolide entre junio y agosto de 2026, y cerca de un 90% de que continúe durante el resto de ese año. Más alarmante aún, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) proyecta más del 90% de probabilidad de un El Niño muy fuerte para el otoño/invierno boreal de 2026-2027, con un 69% de probabilidad de que alcance una magnitud histórica, calificándolo como un "Súper El Niño".
Las repercusiones económicas de estos fenómenos son abrumadoras. Además de las ya mencionadas pérdidas por la sequía en el Sur de Brasil (US$15.3 mil millones) y las interrupciones en la navegación amazónica (US$274 millones en 2023), un episodio extremo de El Niño podría tener un impacto devastador en toda América Latina y el Caribe. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), un evento de esta magnitud podría restar un 2% al Producto Interno Bruto (PIB) de la región y sumar 4.8 millones de personas a la pobreza para 2030. En países específicos como Centroamérica, Panamá, República Dominicana, Colombia, Ecuador y Perú, las pérdidas acumuladas podrían acercarse al 1% del PIB en el sexto trimestre posterior a la aparición de un 'Súper El Niño'. Estos números subrayan la urgencia de la preparación y adaptación climática, no solo como una cuestión ambiental, sino como una estrategia de desarrollo y estabilidad económica.
La vulnerabilidad de América Latina y el Caribe a los impactos del cambio climático es particularmente alta, con un alarmante 74% de sus países clasificados en esta categoría. Esta vulnerabilidad se traduce en afectaciones directas a sectores productivos clave. El sector agrícola, pilar económico de muchas naciones, con cultivos como la soja, el maíz, el café y el azúcar, se ve seriamente impactado por las condiciones climáticas extremas, desde la falta de lluvias hasta el exceso de las mismas. El sector energético enfrenta una doble presión: una mayor demanda de electricidad debido al uso intensivo de aire acondicionado durante las olas de calor, y la irregularidad de las lluvias que afectan los reservorios hidroeléctricos, especialmente en el Sudeste y Centro-Oeste de Brasil, que producen el 70% de la energía hidroeléctrica del país. Incluso la navegación fluvial en la Amazonía, vital para la Zona Franca de Manaos, sufre por los bajos niveles de los ríos. El Consejo Empresarial Brasileño para el Desarrollo Sostenible (CEBDS), que representa aproximadamente un tercio del PIB del país, ha emitido una alerta contundente sobre los riesgos inminentes para los sistemas hídricos, las cadenas productivas y los ecosistemas estratégicos. Este conjunto de datos pinta un cuadro sombrío pero real de la necesidad imperativa de una acción coordinada y robusta.
Que significa para Latam: Una carrera contra el tiempo climático
El consenso entre los expertos es claro: América Latina se encuentra en una carrera contra el tiempo para adaptarse a la creciente intensidad de los fenómenos de El Niño. Las voces más autorizadas de la ciencia y la política regional resuenan con un llamado a la acción ineludible. Carlos Nobre, reconocido científico brasileño, ha advertido que el El Niño que se avecina (posiblemente en 2026-2027) podría ser “el más fuerte en más de 100 años”, instando a combatir el crimen organizado en la Amazonía para prevenir incendios que solo exacerbarían la crisis. José Marengo, de Cemaden, ha señalado que El Niño “ya está configurado” y que los modelos climáticos proyectan eventos extremos más comunes e intensos, incluso en megaciudades como São Paulo. Este panorama exige una revisión profunda de la planificación urbana y las políticas de gestión de riesgos.
Marina Grossi, presidenta del CEBDS, ha enfatizado que Brasil necesita acelerar su agenda de adaptación climática, ya que la velocidad actual es insuficiente para enfrentar los riesgos latentes. Esta declaración refleja una preocupación generalizada entre el sector privado, consciente de las “severas repercusiones económicas, sociales y en diversos sectores productivos” que un episodio de alta intensidad de El Niño podría acarrear, según José Manuel Salazar-Xirinachs, Secretario Ejecutivo de la CEPAL. La meteoróloga Estael Sias, de Metsul, ha observado una evolución y una intensidad más rápidas en el El Niño proyectado para 2026-2027 en comparación con el de 2023-2024, un indicio preocupante del calentamiento continuo del Océano Pacífico Ecuatorial. Por su parte, Natália Gandolphi de Hedgepoint, ha reiterado la asociación de El Niño con condiciones más secas en el Nordeste y un aumento de temperaturas en Brasil durante el verano.
En última instancia, el significado para Latinoamérica es que las iniciativas de adaptación y mitigación, como el mapeo de territorios por FAPESP y los programas gubernamentales brasileños, no son solo opciones, sino imperativos. Estos esfuerzos no solo tienen el potencial de salvar infraestructuras y economías, sino, lo más importante, vidas. La experiencia de Brasil con las inundaciones en Rio Grande do Sul y las sequías en la Amazonía debe servir como una lección urgente para toda la región. La resiliencia no es un lujo, es una necesidad fundamental para el futuro de un continente que se encuentra en la primera línea de la crisis climática global.
Este escenario subraya la urgencia de implementar medidas de adaptación y mitigación robustas para proteger tanto los ecosistemas como las poblaciones y la economía de Brasil y Latinoamérica. La inversión en infraestructura resiliente, sistemas de alerta temprana, planificación territorial inteligente y la promoción de prácticas sostenibles son vitales para construir un futuro más seguro frente a los caprichos de un clima cada vez más extremo.