La Organización Meteorológica Mundial (OMM) y ONU Migración reportaron que en 2023, hasta 1.3 millones de personas estuvieron expuestas a sequías severas en ocho países de la región de América Latina y el Caribe, un testimonio de la inmediatez de la amenaza. Sectores cruciales como la pesca ya han experimentado reducciones drásticas en episodios anteriores, con caídas del 52.7% en las capturas durante 1972-1973 y del 26.9% en 1997-1998, afectando directamente especies clave como la anchoveta. La agricultura también enfrenta un riesgo significativo, con una probabilidad superior al 70% de sequías en zonas vitales como el Corredor Seco Centroamericano, Colombia, Venezuela, Cuba, República Dominicana y Haití, amenazando cultivos de exportación peruanos como café, palta, plátano y uva.
El sector energético, particularmente dependiente de la generación hidroeléctrica (que en varios países de la región supera el 70% de la matriz eléctrica), es altamente vulnerable. Más del 50% de la capacidad instalada tiene más de 30 años, lo que, sumado a la escasez hídrica y el aumento de la demanda eléctrica por altas temperaturas, podría desestabilizar el suministro.
En cuanto a la preparación, un estudio en Perú reveló que el 83% de las empresas no financieras están tomando o planean tomar medidas preventivas, porcentaje que asciende al 94% en la región norte. Sin embargo, más de 525,000 empresas (61%), especialmente microempresas, se consideran altamente vulnerables, con preocupaciones centradas en retrasos y mayores costos logísticos (62%), dificultades en la distribución (43%), y el aumento del precio o menor disponibilidad de insumos (42%).
Analisis de la tendencia
La evolución de El Niño no es meramente cíclica; se enmarca en una tendencia de amplificación por el cambio climático global. Lo que antes era un fenómeno natural con impactos locales, ahora se manifiesta con una intensidad y una frecuencia exacerbadas, actuando como un catalizador de eventos climáticos extremos. El Secretario General de la ONU, António Guterres, lo ha resumido con contundencia: "el planeta se encuentra en aguas desconocidas, y esas aguas se están calentando", refiriéndose a la peligrosa sinergia entre El Niño y el calentamiento global.
Las proyecciones de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) son particularmente inquietantes, pronosticando una probabilidad superior al 90% de que El Niño alcance una intensidad "muy fuerte" durante el otoño e invierno boreal de 2026-2027, con un 69% de probabilidad de que se convierta en un evento de magnitud histórica, un "Súper El Niño". Esta intensificación sugiere que el fenómeno ya no es solo una curiosidad climática, sino un factor crítico en la planificación de riesgos y la adaptación a nivel gubernamental y empresarial.
La tendencia revela una creciente brecha entre la magnitud de los eventos y la capacidad de respuesta de las infraestructuras y sistemas sociales. Las ciudades, como lo señala la FAPESP, son particularmente susceptibles, pues no están diseñadas para soportar la recurrencia de inundaciones masivas o sequías prolongadas que impactan directamente el acceso a servicios básicos, la producción y el transporte.
Contexto regional
América Latina y el Caribe, con su diversa geografía y economías dependientes de recursos naturales, se erige como una de las regiones más expuestas a los efectos combinados de El Niño y el cambio climático. Los informes del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y Acción Contra el Hambre detallan las consecuencias de El Niño en 2023-2024, identificando sequías prolongadas y escasez de agua en el Corredor Seco Centroamericano, Bolivia y Colombia, mientras que las costas de Ecuador y Perú, junto con el interior de Bolivia, sufrieron intensas lluvias e inundaciones. Esta dicotomía de impactos magnifica la complejidad de la gestión de desastres en la región.
Los efectos se extienden a la salud, la seguridad alimentaria y energética, y el desarrollo económico. La pérdida de cosechas agrícolas y la consecuente inseguridad alimentaria son una realidad palpable para millones de personas. La dependencia de la energía hidroeléctrica en países como Colombia o Brasil, hace que las fluctuaciones en los patrones de lluvia tengan un efecto dominó en el suministro eléctrico y, por ende, en la productividad industrial y el costo de vida.
Además, la ONU Migración ha señalado que los impactos de El Niño pueden influir significativamente en las decisiones de desplazamiento o migración, añadiendo una capa de complejidad social y humanitaria. La preparación empresarial en Perú, aunque alta en cuanto a intención, revela que muchas microempresas carecen de los recursos para enfrentar interrupciones logísticas o de suministro, lo que las hace particularmente vulnerables y pone en riesgo la estabilidad económica de sus comunidades.
Perspectiva a futuro
Las proyecciones para los próximos años son contundentes. El doctor Ángel Adames de la Universidad de Wisconsin-Madison proyecta que los peores impactos de este evento de El Niño se sentirán en 2027, lo que otorga una ventana crítica para la acción preventiva y adaptativa. Los expertos coinciden en la necesidad de una respuesta multifacética y coordinada.
José Manuel Salazar-Xirinachs, Secretario Ejecutivo de la CEPAL, ha alertado sobre las "severas repercusiones económicas, sociales y productivas", instando a la acción. En respuesta a esta realidad, la CEPAL ha propuesto 10 medidas prioritarias de política pública para enfrentar El Niño, que incluyen el fortalecimiento de la protección de infraestructura crítica, la expansión de sistemas de alerta temprana y el desarrollo de mecanismos financieros y seguros climáticos para mitigar pérdidas. El PMA y Acción Contra el Hambre complementan estas recomendaciones, sugiriendo el fortalecimiento de la preparación para emergencias y los sistemas de protección social para las poblaciones más vulnerables.
Gobiernos como los de Colombia, México y Ecuador ya han anunciado medidas específicas para responder a las posibles emergencias, lo que refleja una creciente conciencia política sobre la magnitud del desafío. La clave para la resiliencia futura reside en una combinación de inversión en infraestructura resiliente al clima, la implementación de tecnologías avanzadas para la predicción y el monitoreo, y políticas que fomenten la diversificación económica y la protección social. La transición hacia fuentes de energía más sostenibles y menos dependientes de los patrones hídricos variables es también una prioridad estratégica a largo plazo para toda la región.