La alerta no es nueva, pero su creciente precisión temporal y la consistencia de las proyecciones le confieren una urgencia particular. Instituciones de la talla de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) de México, y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) han sumado sus voces a la preocupación, instando a una preparación proactiva. La conversación no solo se centra en la manifestación del fenómeno, sino en su magnitud y las cascadas de efectos que desencadenaría en una región ya de por sí vulnerable a los impactos del cambio climático. Este El Niño no es solo una perturbación meteorológica, sino un catalizador de riesgos complejos que demandan una respuesta coordinada y robusta a nivel continental.
La Magnitud: ¿Un "Súper El Niño" o "El Niño Godzilla"?
La terminología en torno a este fenómeno ha generado cierto debate, aunque la esencia de la advertencia se mantiene: se espera un evento de El Niño con una intensidad superior a la promedio. Mientras que la OMM, a través de expertos como Bárbara Tapia Cortés, enfatiza la importancia de monitorear su evolución y no precipitarse en clasificaciones extremas sin datos concluyentes, los medios y algunos científicos utilizan términos como "Súper El Niño" o "El Niño Godzilla" para destacar la magnitud anticipada. Esta distinción, aunque semántica, subraya una preocupación genuina por las anomalías térmicas y los impactos esperados.
Un evento "Súper El Niño" se caracteriza por anomalías en la temperatura superficial del mar en el Pacífico central (región Niño 3.4) que superan los 2.5°C por encima del promedio normal. En contraste, un El Niño "fuerte" se define por anomalías entre 1.5°C y 2.0°C. Las proyecciones actuales sugieren que este evento podría exceder incluso estos umbrales, posicionándolo como uno de los más intensos de la historia reciente, comparable a los eventos de 1982-83 y 1997-98, que tuvieron repercusiones globales devastadoras. El climatólogo Zeke Hausfather ha sugerido que un "súper" El Niño de esta índole podría incluso convertir 2027 en el año más cálido jamás registrado, superando los récords ya alarmantes. Esta diferenciación es crucial para comprender la escala de la amenaza y la necesidad de una preparación que vaya más allá de las medidas habituales frente a un El Niño promedio.
Los datos hablan
Las proyecciones y los datos cuantitativos confirman la seriedad de la situación. La NOAA indica un 82% de probabilidad de que el fenómeno de El Niño se forme entre mayo y julio de 2026, aumentando al 96% para el periodo de diciembre de 2026 a febrero de 2027. JP Morgan, por su parte, estima una probabilidad del 88% de ocurrencia entre noviembre de 2026 y enero de 2027, con un 50% de que sea un evento "fuerte o superior". Más alarmante aún, el Centro de Predicciones Climáticas sitúa la probabilidad de un "Súper El Niño" (muy fuerte) en un 37%, superando la de un evento simplemente "Fuerte" (30%).
En cuanto a las anomalías térmicas, los modelos de simulación satelital sugieren una probabilidad superior al 82% de que se registren anomalías extremas en el Pacífico central, superando los 2.5°C por encima del promedio normal. La Cruz Roja y Meteored México reportan proyecciones de aumentos de temperatura de entre 2°C y 3°C en esta región crítica, lo que impulsaría una alteración significativa de los patrones atmosféricos globales. El impacto económico proyectado es igualmente preocupante: un evento fuerte podría recortar hasta 1.7 puntos porcentuales del Producto Interno Bruto (PIB) en la región andina. El sector agrícola es particularmente vulnerable, con la posibilidad de absorber hasta el 26% de los daños por desastres climáticos y hasta un alarmante 82% en escenarios de sequía, según Banamex. Este mismo banco ha alertado sobre un posible aumento inflacionario de hasta 0.5% adicional durante la segunda mitad de 2026 debido al fenómeno. Históricamente, eventos de esta magnitud, como el de 1997-98, generaron pérdidas globales estimadas entre 30.000 y 35.000 millones de dólares.
Las fechas críticas para la región se sitúan con la fase de consolidación esperada entre mayo y julio de 2026, un pico de intensidad pronosticado entre septiembre y octubre de 2026, y sus efectos extendiéndose hasta el primer semestre de 2027. Para México, la fase más crítica y potencialmente destructiva se prevé entre noviembre de 2026 y enero de 2027.
Expertos como Francisco Estrada Porrúa, de la UNAM, advierten que 2026-2027 podría ser un evento histórico de El Niño, mientras que Kobi Mosquera, del IGP de Perú, señala que el fenómeno ya muestra signos de inicio en Perú y Ecuador con anomalías de temperatura significativas. La urgencia es real, y la brecha entre el conocimiento y la acción es un desafío, como subraya Frank Chávez de Gallagher Perú, al destacar la diferencia entre lo que las organizaciones saben y lo que realmente hacen para prepararse.
Qué significa para Latam
El impacto de este "Súper El Niño" será profundamente desigual y multifacético a lo largo de Latinoamérica, exigiendo estrategias de adaptación y mitigación particularizadas. México, por ejemplo, enfrentaría un escenario dual: mientras el centro y norte del país podrían experimentar sequías severas, el sur y la costa del Pacífico verían un aumento drástico de lluvias y una intensificación de la actividad ciclónica tropical, con mayor riesgo de huracanes. El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) de México, como principal autoridad en la materia, ya está ajustando sus modelos y alertas para una temporada que podría ser una de las más desafiantes. Las zonas agrícolas del centro-norte, productoras de granos básicos como el maíz, podrían sufrir escasez hídrica, afectando la seguridad alimentaria y los precios locales.
Centroamérica y el norte de Sudamérica, incluyendo países como Colombia, Venezuela y la vasta región amazónica, se verán amenazados por sequías prolongadas, olas de calor extremo y un considerable estrés hídrico. Esto eleva el riesgo de incendios forestales, la escasez de agua potable y la afectación de cultivos sensibles al calor. En contraste, naciones como Perú y Ecuador son los primeros en sentir los efectos, con pronósticos de lluvias intensas que derivarían en inundaciones, deslizamientos de tierra y la activación de quebradas, como ya ha comenzado a observarse con anomalías de temperatura en sus costas, según Kobi Mosquera. En el extremo sur del continente, el sur de Brasil, Uruguay y el noreste argentino podrían sufrir precipitaciones excesivas, con el consiguiente riesgo de crecidas de ríos e inundaciones en zonas urbanas y rurales.
Los sectores económicos más vulnerables son la agricultura y la pesca. Cultivos como el maíz, la soja, el café y la yuca son especialmente sensibles a las variaciones de humedad y temperatura. La pesca, vital para la economía de países como Perú, enfrentaría la migración de especies clave como la anchoveta, impactando a toda la cadena productiva. La dependencia regional de la generación hidroeléctrica, que promedia el 50% en América Latina y alcanza casi el 100% en Paraguay, expone a la región a riesgos energéticos significativos ante la reducción de caudales fluviales. Esto podría forzar el uso de fuentes de energía más caras y contaminantes, o incluso llevar a racionamientos.
La preparación es fundamental. La Cruz Roja, por ejemplo, está escalando sus niveles de preparación y actualizando sus Protocolos de Acción Temprana para facilitar la financiación de emergencia. Para las empresas, la recomendación de analistas de JP Morgan es clara: modelar el impacto en ventas y costos, reforzar inventarios, revisar pólizas de seguros y negociar contratos flexibles que permitan ajustarse a la volatilidad. Si bien México, históricamente, ha mostrado una de las correlaciones financieras menos acentuadas con los eventos de El Niño en comparación con economías como las de Colombia, Perú y Brasil, cuya dependencia agrícola e hidroeléctrica las hace más vulnerables, la magnitud prevista para 2026 exige una reevaluación de riesgos en todos los países de la región.
Los gobiernos, las empresas y la sociedad civil deben trabajar de manera conjunta para implementar medidas de adaptación, desde la gestión eficiente del agua hasta sistemas de alerta temprana y planes de contingencia para desastres. La inversión en infraestructura resiliente y la diversificación económica son imperativos para mitigar las consecuencias de lo que podría ser uno de los fenómenos climáticos más desafiantes de la década para Latinoamérica.